La postura de Donald Trump frente a la inmigración

Haciendo honor a la personalidad y al pasado de Donald Trump, la Convención Republicana de Cleveland está siendo lo más pareciendo a un apasionante reality show, el género televisivo donde puede pasar de todo y el guion se adapta sobre la marcha. Después de tres jornadas de continuo tira y afloja para hacer piña alrededor del candidato, un esfuerzo saboteado el miércoles por Ted Cruz, al negarse a apoyar Trump y pedir a los republicanos que voten «según su conciencia» en noviembre, todo estaba preparado para que el magnate neoyorquino cerrara uno de los cónclaves más explosivos de las últimas décadas. Se esperaba un discurso de fuerte contenido nacionalista e inspirado en Richard Nixon, el hombre que consiguió reinventarse el 1968 para conquistar la presidencia.

Aquella inspiración no es nueva. Desde los primeros compases de su campaña, Trump ha apelado a la mayoría silenciosa, aquel concepto acuñado por el presidente del Watergate para referirse a la América pasiva que no participó en los movimientos contraculturales de los años 60 ni en las protestas contra la guerra del Vietnam. Y últimamente se ha presentado como el candidato de «la ley y la orden», exagerando la discordia que vive el país porque, a pesar de que es cierto que las tensiones raciales se han reavivado, el 2016 no es el 1968. Aquel año estuvo marcado por los magnicidios de Robert Kennedy y Martin Luther King, por la legalización del matrimonio interracial, por la represión del pacifismo y por una sensación de caos generalizada.

Mundo en desintegración

«Yo creo que Nixon entendió que cuando el mundo se está desintegrando, la gente quiere un líder fuerte que ponga América primero», dijo Trump en una entrevista reciente, antes de que su campaña anunciara lunes que su discurso de nominación se inspiraría en el que Nixon pronunció aquel año en idénticas circunstancias. «Los años 60 fueron malos, realmente malos. Y ahora vuelve a ser igual. Los norteamericanos sienten el caos nuevamente».

Esta es la sensación que esta convención ha cultivado. Newt Gingrich dijo miércoles: «Estamos perdiendo la guerra contra los radicales islámicos», y dibujó una infinidad de amenazas, como la posibilidad que un ataque nuclear gihadista mate más de 300.000 personas en los EE.UU.. A la inmigración ilegal y a los refugiados se los presentó como una horda que está destruyendo América y se exageró la prevalencia del crimen, que hace años que baja. «La gran mayoría de norteamericanos no se sienten seguros», dijo el exalcalde de Nueva York Rudolph Giuliani. «Tienen miedo por sus hijos, tienen miedo por ellos mismos».

Ruptura radical

Entre el electorado republicano hay nostalgia por un pasado idealizado de catequesis y patriotismo, de buenos puestos de trabajo industriales y de confianza en el futuro, y Trump promete una ruptura radical con el statu quo, como explicó el vicepresidente Mike Pence en su discurso, con aquella vieja política que aburren incluso los demócratas. «Trump repatriará las industrias y deshará el mal haciendo que América vuelva a ser el país donde yo crecí», decía a este diario la delegada por Maine, Diane Caffyn, de 69 años. «Se tienen que recuperar los valores morales de antes».

A pesar de todos los sobresaltos de esta convención, es muy probable que Donald Trump salga reforzado. El rifirrafe con Ted Cruz así lo ejemplifica. Aunque su campaña se equivocó al permitirle que hablara cuando no tenía intención de apoyarlo, los delegados irrumpieron a gritos a favor de Trump, y Cruz tuvo que salir a salto de mata del cónclave. El magnate está más vivo que nunca y es el único candidato que promete cambio en aquella América de los olvidados por la globalización y el neoliberalismo. Nadie lo tendría que subestimar.

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